BANG!
He decidido que me voy a suicidar. Creo que es importante que alguien entienda por qué, así que estoy escribiendo esto antes de que me vuelve la tapa de la cabeza. La primera vez que recuerdo que sucedió tenía nueve años. Juan y yo jugábamos en su patio. El sol se acostaba por encima de su valla de palets; haces naranjas y rojos brillaban entre los picos blancos como un helado contra dientes aperlados. Juan era el vaquero y yo era el sucio piel roja robando su caballo. Corrimos por el juego de columpios, él siguiéndome los pasos y yo vociferando con júbilo mientras amenazaba con arrancarle la cabellera. Cuando se tropezó, corrí adonde reposaba en la tierra, recogiendo una manotada de viento, apuntando mis dedos hacia su nariz y proclamando: «Ahora tengo tu pistola. ¡BANG!». La cabeza de Juan explotó en medio de un florecimiento desmedido de sangre carmín, materia gris y fragmentos de cráneo que se desperdigaron en torno al sol poniente. Mi mano resbaló a mi costado y lo vi —fija...